En la sociedad judia tradicional

En la sociedad judía tradicional, la mujer no era más afortunada que las otras mujeres que hemos descrito. En el Antiguo Testamento, se describe a la mujer así:

“Y encontré algo más amargo que la muerte: a la mujer que es una trampa, que por corazón tiene una red y por brazos tiene cadenas. Quien agrada a Dios se librará de ella, pero el pecador caerá en sus redes. Y dijo el Maestro: «Miren lo que he hallado al buscar la razón de las cosas, una por una: ¡que todavía estoy buscando lo que no he encontrado! Ya he dado con un hombre entre mil, pero entre todas las mujeres aún no he encontrado ninguna”. (Eclesiastés, 7: 26-28)

“Si alguien vende a su hija como esclava, la muchacha no se podrá ir como los esclavos varones. Si el amo no toma a la muchacha como mujer por no ser ella de su agrado, deberá permitir que sea rescatada. Como la rechazó, no podrá vendérsela a ningún extranjero. Si el amo entrega la muchacha a su hijo, deberá tratarla con todos los derechos de una hija. Si toma como esposa a otra mujer, no podrá privar a su primera esposa de sus derechos conyugales, ni de alimentación y vestido. Si no le provee esas tres cosas, la mujer podrá irse sin que se pague nada por ella.” (Éxodo, 27: 7-11)

Si una mujer judía contraía matrimonio, su tutela pasaba de su padre a su marido y se convertía en una más de sus posesiones, tal como lo era su casa, su esclavo, su sirviente o su dinero. Las enseñanzas judías y sus leyes privaban a la mujer del derecho a heredar a su padre si éste tenía hijos varones. En el Antiguo Testamento, la Septuaginta dice: “Y les dirás a los hijos de Israel:

“Además, diles a los israelitas: Cuando un hombre muera sin dejar hijos, su herencia será traspasada a su hija”. (Números, 27: 8)

Más aún, el hombre judío nunca dormía en la misma cama con su mujer mientras estuviera menstruando, ni comían o bebían con ellas. Permanecían alejados de ellas porque las consideraban impuras.